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1 de febrero de 2019

Una balsa a la cual agarrarse

Escribir, pensar o dibujar sobre el sur desde el sur resulta un proceso de extrañamiento que me propongo analizar en estos párrafos. Tratar de rebuscar el exotismo misterioso que se oculta tras los velos orientales no deja de ser un trabajo arduo cuando se viene de un espacio cultural común, como es el que gira en torno al mar Mediterráneo. Desde la publicación del trabajo del profesor Edward Said, Orientalismo, el modo de analizar y estudiar las relaciones del binomio Oriente/Occidente tomó un cariz diferente. Ahora se comprendían los desequilibrios de fuerzas que existían, pero este desequilibrio, en su gran mayoría, solo afectaba a los países del norte de Europa, como bien aclaró el propio Said en el prólogo a la nueva edición española de su obra:

Desde 1978, y debido en gran parte a mi creciente familiaridad con la obra de Américo Castro y de Juan Goytisolo, he llegado a darme cuenta no solo de cuánto hubiera deseado saber más acerca del orientalismo español mientras escribía mi libro durante los años setenta, sino de hasta qué punto España es una notable excepción en el contexto del modelo general europeo cuyas líneas generales se describen en Orientalismo (2002, p. 9).

Así las cosas, la realidad es que España es un caso extraordinario en el contexto mediterráneo debido a la cercanía territorial y a la permanente conexión entre ambas orillas. Negar la mayor sería negar una realidad histórica, a pesar de que se haga sin ningún problema desde algunas instituciones españolas más interesadas en mantener un discurso exclusivista que cierre España y le anule su riqueza cultural y la pluralidad de matices que la conforman. Hacer pasar la sociedad española a lo largo de los siglos por el baremo de la unicidad histórica y religiosa como única fuerza nacional es reducirla al raquitismo que al día de hoy la caracteriza. Ese islam cultural que circuló durante siglos como motor de fuerza aglutinadora es el que otorga su riqueza y complejidad a la cultura española; es, en palabras de Said, una parte sustancial de la cultura española, y no una fuerza exterior y distante de la que hay que defenderse como si fuera un ejército invasor (2002, p. 10).

El orientalismo estudiado por Said en su obra es aquel que surgía de un desequilibrio de fuerzas que inclinaban la balanza hacia el lado occidental. Un Occidente que se definía a sí mismo en oposición a ese Oriente exótico que tanto lo atraía. Entonces, lo que no es Sur es Norte y lo que no es Oriente es Occidente. Pero esa dicotomía de polos opuestos siempre me produce serios problemas a la hora de analizar lugares intermedios y me plantea este tipo de cuestiones: ¿cómo clasificamos el Japón de hoy en día? Geográficamente es Oriente, pero ¿dónde está encasillado geopolíticamente? Y si nos remontamos en el tiempo, ¿dónde situaríamos la Granada y la Tánger de principios del siglo XX? Y más atrás, ¿qué haríamos con la esplendorosa Venecia, la Serenissima que gobernó imperturbable hasta finales del siglo XVIII? Desde la perspectiva de pares contrarios, son preguntas difíciles de responder. A orillas del mar Mediterráneo han ido existiendo lugares extraordinarios a lo largo de los siglos. Lugares difíciles de clasificar que suponen un problema a la hora de dividir el mundo en esos contrarios tan estigmatizados como pretenden. De ahí mi interés en elogiar la honradez de Edward Said al reconocer la excepción que supone el caso español en su análisis orientalista (Mainer, 2013, p. 201).

Ahondando en esta cuestión, en otras ocasiones he citado (Rojas-Marcos, 2014, p. 50; 2018, p. 59) el emblemático caso del escritor nicaragüense Rubén Darío. El poeta modernista, embaucado por las escenas leídas en Las mil y una noches, se dejó llevar por ensoñaciones orientalizantes, por juegos de palabras e imágenes cargadas de un exotismo que imantó sus palabras y las transformó en versos de gran fuerza. La misma fuerza que evocan las pinturas de Delacroix o Fortuny, pintores embaucados por ese Oriente exótico que traslada a sus lienzos y acuarelas un mundo sensorial extraordinario al que Rubén Darío, entre otros, puso palabras. Mi conflicto surge al leer sus crónicas para el periódico argentino La Nación[1].

Durante los primeros años del siglo XX, Rubén Darío recorrió España y cruzó a Tánger. Los párrafos que dejó escritos sobre algunas de las ciudades andaluzas bien podrían corresponder a cualquier ciudad oriental. El escritor se sorprende de encontrar en España lo que él deseaba hallar en Bagdad o Alepo, de ahí que opte por ensalzar los avances ferroviarios como emblema de modernidad para intentar establecer la diferencia entre Occidente, donde estarían la Granada que conoce y el resto de bíblicos enclaves orientales que tanto deseaba conocer:

Granada

He venido, por un instante, a visitar el viejo paraíso moro. He venido por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas […] Razón tenía el rey que lloró como una mujer […] Es este uno de los países en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones. Un Carmen. Carmen, verso… Jóvenes enamorados (Rubén Darío, 2001, pp. 83-84).

Frente a este párrafo sobre una Granada a la que Rubén Darío finalmente llama la ciudad de Boabdil, ante la apabullante realidad que encontró, ponemos en contraste su descripción de Tánger. Debo contextualizar brevemente la ciudad antes de leer un extracto de Tierras solares. Desde finales del siglo XVIII, Tánger era la capital diplomática del reino de Marruecos, y cuando el poeta nicaragüense desembarcó del vapor Gebel-Musa, la ciudad daba pasos diligentes hacia su independencia. Es decir, el establecimiento de un Estatuto Internacional que la aislaba del resto del territorio marroquí, el cual se repartiría en 1906, tras la Conferencia de Algeciras, entre España y Francia. Aunque por motivos ajenos, como la Primera Guerra Mundial, se retrasaría la entrada en vigor del Estatuto hasta 1923, la realidad fue bien distinta. Tánger era comercial y socialmente una ciudad plural y cosmopolita; así vivió todo el siglo XIX y parte del XX, incluso tras la incorporación de la ciudad al Marruecos independiente en 1956; así quedó reflejado en las crónicas y novelas que se escribieron sobre la ciudad.

Tánger se convirtió en emblema de libertad y sofisticación, en el sitio fascinante en el que recalaron los más prestigiosos artistas buscando inspiración. Evidentemente, no puedo negar que era una ciudad marroquí y la población local vivía manteniendo sus modos y costumbres, pero tenemos que matizar esa afirmación, pues junto a ellos se habían instalado españoles que cruzaban el estrecho de Gibraltar buscando una nueva vida, por lo que la mezcla social comenzaba en los estratos más humildes de la sociedad y así se reflejaba en la vida diaria de la ciudad. Por tanto, cuando Rubén Darío nada más descender del barco que lo ha llevado hasta Tánger siente que lo han transportado a un mundo bíblico, se ve rodeado de personajes exóticos y objetos extraños, no podemos más que deleitarnos con la lectura de tan hermosos párrafos, a sabiendas de que el poeta modernista lo está escribiendo inmerso en las páginas de Las mil y una noches. Se siente rodeado por las fantasías acumuladas por horas de lectura fascinante:

[Estando aún en el barco] Había ancianos de largas barbas, semejantes a los Abrahames de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces serenas, meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había rimeros de paquetes, armas, bagajes. Había pipas humeantes de cazoleta diminuta. Cabezas con fez, con turbantes, con capuchón. Había animales […] Por fin la ciudad se presenta sobre el fondo celeste, la ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece de mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé que es una ciudad profanada por la invasión europea, a donde la civilización ha llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales (Rubén Darío, 2001, pp. 113-114).

            La describe como ciudad profanada por la invasión europea. Al igual que ante Granada tiene que aceptar a ese Boabdil traidor al conocer su realidad callejera, ahora en Tánger trata a la población europea, aquellos a los que no ve con barbas de Abraham, como profanadores de esa pureza oriental que él iba buscando. Recurrir a estos fragmentos de Rubén Darío me resulta ilustrativo de la idea que pretendo exponer en estas páginas.

Las divisiones entre Oriente y Occidente son, en algunas ocasiones, difíciles de marcar. Hay líneas divisorias que se diluyen en la historia y que enriquecen de matices el resultado final. En este caso, las orillas del Mediterráneo se nutren de ese intercambio y trasvase cultural constante, de ahí que resulte tan interesante la reflexión de Edward Said al confesar su ignorancia sobre el caso español cuando escribió Orientalismo. A España no se le podían aplicar los mismos baremos que a otros países. Las apreciaciones que Said hace sobre Inglaterra o Francia no pueden adoptarse con el caso español. España ya formaba parte de ese Oriente. Conocida es la frase atribuida a Alejandro Dumas, «África empieza en los Pirineos» (Luján, 1993, p. 15), que ilustra esa idea que recorría Europa desde finales del siglo XVIII, la cual, despectiva o no, es únicamente la constatación de esa especificidad cultural del ámbito peninsular, difícil de asimilar a las categorías de otros países que no han conocido un trasvase cultural tan constante y fructífero.

            El debate en España al día de hoy continúa abierto, vigente y en permanente conflicto[2]. Parece que no logramos aceptar todas las piezas del puzle de nuestra identidad nacional como necesarias e interdependientes. No nos gusta vernos como parte de ese Oriente que Said intentó reivindicar, ni como parte de esa Europa rica y pluricultural que ha existido desde el principio de los tiempos y que tanto ha bebido de ese Oriente que trata como a un otro extraño; por tanto, desde estas páginas solo intento ensalzar la necesidad de mantener vivo el legado cultural, alejarlo del ámbito político y luchar por esos puentes de conexión que siempre han existido como balsas lanzadas a un náufrago. Las corrientes culturales en permanente conexión son esas balsas: al final, la última esperanza.

[1] Estas crónicas se publicaron con el título de Tierras solares. Véase bibliografía.

[2] El último ejemplo es la publicación del ensayo Cuando fuimos árabes, en el que el profesor González Ferrín intenta recuperar el legado andalusí como elemento fundamental de la historia española, a pesar de las fuertes corrientes que lo intentan ningunear.


Referencias

González Ferrín, E. (2018). Cuando fuimos árabes. Córdoba: Almuzara.

Luján, N. (1993). Cuento de cuentos: origen y aventura de ciertas palabras y frases proverbiales, vol. 1.

Mainer Baqué, J. C. (2013). La huella de Marruecos en las letras españolas (1893-1936), vol. II. En Manuel Gahete Jurado (ed.), El protectorado español en Marruecos: una historia trascendida (pp. 201-222). Bilbao: Iberdrola.

Rojas-Marcos, R. (2014). El paseo miliunanochesco de Rubén Darío por Tánger. Marruecos y América Latina. Viejas y nuevas confluencias (pp. 47-60). Chile: Centro Mohammed VI para el Diálogo de Civilizaciones.

Rojas-Marcos, R. (2018). Orientalismos en contraste: Domingo Badía y Pío Baroja. Norba Historia, 29-30. Badajoz: Universidad de Extremadura.

Rubén Darío (1904). Tierras solares. Madrid: Leonardo Williams editor, Tipografía de la Revista de Archivo (1991). Sevilla: Editorial Don Quijote, Los libros del Caballero Andante. Edición, introducción y notas de Noel Rivas Bravo (2001). Managua: Fondo Editorial CIRA.

Said, E. (2002). Orientalismo. Barcelona: Debolsillo.


Rocío Rojas-Marcos
Investigadora de la Fundación Andaluza Gordión
España
rrojasmar@yahoo.es

ZERO IMPRESA EDICIÓN 36
ISSN ELECTRÓNICO: 2344-8431
ISSN IMPRESO: 0123-8779

 

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