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31 de enero de 2019

La visión árabe de José Martí a la luz de Orientalismo, de Edward Said

El nacimiento de los estudios poscoloniales tiene sin duda su punto de partida en Orientalismo (1978), la obra magna del palestino-norteamericano Edward Said que cuarenta años después de su publicación continúa suscitando el interés y también la controversia entre defensores y detractores de sus postulados. Desde entonces, los análisis en torno a la otredad y al binomio Oriente-Occidente han cobrado una nueva dimensión gracias a su visión, en la que el conocimiento histórico y el político adquieren especial protagonismo.

Los planteamientos del autor, en los que describe y cuestiona los principios del orientalismo francés, británico y estadounidense, servirán de marco para exponer una serie de reflexiones sobre la visión del mundo árabe que ofrece la vasta producción de José Martí. La lectura del prólogo de la edición española nos ofrece un primer punto de partida para enmarcar el análisis de la producción del cubano por medio de tres cuestiones fundamentales.

En primer término, el orientalismo francés, referente del modernismo hispanoamericano, en cuyos aspectos estético-formales y conceptuales se formó Martí y de los que acabaría difiriendo en algunos aspectos. En segundo lugar, la excepcionalidad del caso español y su legado islámico, entendido como algo consustancial a la identidad nacional, empleado al mismo tiempo como recurso estético por la literatura orientalista europea y también por Martí. Y en tercera instancia, la estrecha vinculación entre orientalismo e imperialismo, de la que Martí se desmarcaría claramente en sus escritos (Said, 2002, pp. 9-10).cuestionesres aspectosñol y su legado isls formales y estconceciSaid, 2002, p. no Edward Sa

Esta última consideración introduce un nuevo elemento de reflexión: la aparente ambivalencia con la que se trataría el mundo árabe si comparamos esa visión con la que Said ofrece en sus textos literarios. A su vez, dicho contraste nos lleva a plantear si la retórica empleada en la descripción idealizada de lo árabe se correspondería con el exotismo oriental que propugnaba el modernismo hispanoamericano como referente estético. Y si es así, en qué medida se percibiría la deconstrucción de algunas de las referencias del discurso orientalista europeo manteniendo esa misma estética oriental, y cómo el ideario político martiano habría influido en dicho proceso. En este sentido, cabe también abordar la cuestión de si la hermandad entre compañeros de lucha no se vería desdibujada por la alteridad que caracteriza al orientalismo, tanto al europeo, en el que predominarían los clichés negativos, como al hispanoamericano, donde prevalecerían la evocación y la idealización de lo árabe.

Respecto al primer eje, la influencia del orientalismo francés resulta innegable. Como señalan algunos autores, los escritores modernistas hispanoamericanos, salvo contadas excepciones, descubrieron Oriente por medio de Francia y heredaron la misma visión, con sus clichés y estereotipos (Azougarh, 1998, p. 14). Martí no fue una excepción, y junto a numerosas obras históricas y literarias de temas árabes, conoció también algunas de sus más importantes representaciones artísticas, entre ellas la pintura.

Una de las muestras más significativas de este orientalismo es el cuadro La toma de la Smala de Abd el-Kader por el duque de Aumale en Taguin (1845), del orientalista francés Horace Vernet. Escritor, poeta, sufí y estudioso de la obra del gran maestro andalusí Ibn Arabi, el emir Abd al-Qader (1808-1883) está considerado como el fundador de la nación argelina y el creador de un Estado moderno (Epalza, 1982, pp. 231-239) y es mencionado como ejemplo de lucha por Martí (1992, t. XXI, p. 409, y t. XXII, p. 315). La obra inspiró a Mariano Fortuny en su composición de La batalla de Tetuán (1862-1864), en la que se ofrecía una visión heroica de la contienda contra el sultanato marroquí (1859-1860), que supuso la antesala de la penetración colonial española en África, como consecuencia, entre otros factores, del empeoramiento de la situación en las colonias americanas (Velasco de Castro, 2013, pp. 95-106).

Esta interacción refleja una continuidad histórica que refuerza el sentimiento de Martí por el devenir del mundo árabe debido a que, junto al pueblo americano, conformó la cara y la cruz de una misma moneda, sometida primero al imperialismo europeo y posteriormente al estadounidense. No obstante, Martí, como buena parte de los escritores modernistas hispanoamericanos, se refugió en este mundo orientalista para recrear sus gustos, lecturas y recuerdos.

Al menos cinco poemas están dedicados íntegramente al mundo árabe y en otros quince abundan las referencias parciales. En la pieza teatral Abdala (1869) se narra la lucha de Abdala (alter ego de Martí), caudillo de Nubia (Cuba), para defender su patria de los invasores extranjeros, así como la muerte de este (Martí, 1992, t. XVIII, p. 24). Desde el punto de vista literario, la obra se ha definido como «inmadura» (López, 1998, p. 117), pero en ella se destaca su impronta autobiográfica, como suele suceder invariablemente en toda la producción martiana. Así, en Ismaelillo (1882), libro de versos que Martí dedica a su hijo, José Francisco, este es caracterizado en el poema «Musa traviesa» como Ismael, descendiente de Abraham y de Agar, a quien la tradición bíblica señala como padre de la raza árabe (Martí, 1992, t. XVI, pp. 30 y 32).

En sus apuntes de viaje por Guatemala (26 de marzo de 1877), se describiría a sí mismo utilizando los tres animales característicos de la civilización árabe: «¡Y este león rugiente, este corcel de Arabia y esta águila altanera que yo me siento aquí en el alma! Imagina todo esto, a horcajadas sobre una innoble mula» (Martí, 1992, t. XIX, p. 45). Diez años después, en su carta a Miguel Tedín (Nueva York, 17 de octubre de 1889), le comentaría que El Cairo «es la tierra a donde hemos de hacer el primer viaje de recreo mi hijo y yo» (Martí, 1992, t. VII, p. 396).

Como señala Rodríguez Drissi (2012, p. 92), esta representación anticipa el papel clave que los árabes van a desempeñar en el discurso político de Martí. La confluencia de una estética oriental con un trasfondo ideológico de hermanamiento y solidaridad reflejaría la estética propia del modernismo hispanoamericano, al igual que una conciencia política antiimperialista de vocación universal.

Dicha convergencia se muestra en el poema «Árabe», correspondiente al libro Flores del destierro (1878-1895), en el que Martí expresa —aparentemente— su añoranza de la vida nómada y otras costumbres atribuidas a los beduinos. Sin embargo, en una nueva identificación, es su lucha en Cuba la que se trasluce bajo una estética oriental (Martí, 1992, t. XVI, p. 243). De esta manera, los calificativos negativos con los que el orientalismo europeo refuerza su superioridad —y que no diferían en exceso del discurso americanista en sus orígenes— se vuelven estéticamente positivos. La sencillez y el «atraso» de las sociedades árabes se postulan como modelo frente a una sociedad moderna occidental que se rechaza desde el punto de vista sociopolítico por su marcado carácter capitalista e imperialista.

Martí participó también en los clichés con los que el orientalismo totalizaba Oriente como algo homogéneo y exótico, entendiendo este último concepto en clave de alteridad (Said, 2002, p. 339). El poema «Haschisch» (1875), con la mujer árabe y el hachís como leitmotiv (Martí, 1992, t. XVII, pp. 75 y 79-80), acompañan a las huríes y otra serie de imágenes igualmente estereotipadas (Martí, 1992, t. XVII, pp. 76-77) que se repiten en otros textos, como La Edad de Oro (1889) y sus cuadernos de viaje (Martí, 1992, t. XVIII, pp. 369 y 408).

El segundo de los ejes parte de la estancia de Martí en España (1871-1875), donde el esplendor de la civilización andalusí y su aporte a la cultura universal se absorbieron a través del legado morisco. Martí cultiva con especial fruición las imágenes y los temas sobre al-Andalus, concebido como un espacio ideal orientalizado en el que la cultura árabe alcanzó su esplendor. Al-Andalus se añora, y esa nostalgia de los tiempos pasados, muy del gusto modernista, se palpa en cada elemento descrito, vestigio de una gloria que se evoca con insistencia. Como señala Jardines del Cueto (2016, p. 94), los elementos claves que se repiten una y otra vez pertenecen a un mundo alejado de la realidad y contribuyen a dibujar una visión utópica, característica del orientalismo hispanoamericano y también del europeo.

En contraste, su anticolonialismo se refuerza en la identidad mestiza de una España con raíces andalusíes, como se refleja en el poema VII de Versos sencillos. En este mismo poema, se alude a la resistencia de los aragoneses frente a la invasión napoleónica, trazando un paralelismo entre la guerra de independencia española y la cubana (Martí, 1992, t. XVI, p. 75).

En cuanto a la impronta anticolonial, la amplia formación adquirida por Martí, unida a su militancia política y a su liderazgo al frente de la lucha por la independencia de Cuba, conformó un caldo de cultivo en el que resulta lógico que su planteamiento ideológico mostrase una vocación no solo americanista sino también universal, y empatizase con los pueblos sometidos bajo el yugo del imperialismo y los regímenes coloniales. Entre estos pueblos, el mundo árabe suscitó una especial atención entre 1875 y 1895, hasta el punto de ser un tema recurrente en los años 1881, 1882 y 1889, ya que trataba de rebelarse contra el imperialismo otomano, sin caer bajo el imperialismo europeo.

En todo momento, Martí hace suya su lucha y los conmina a perseverar en ella, pese a los reveses recibidos, ya que para el cubano el imperialismo es una expresión expansiva y agresiva de la modernidad. En consecuencia, no conviene pagar tan alto precio en aras de un proyecto modernizador perjudicial para la política, la cultura y la economía de los pueblos. En su artículo «Crece» (Patria, Nueva York, 5 de abril de 1894), ofrece un resumen magnífico de su pensamiento (Martí, 1991, t. III, pp. 117-118).

Entre los numerosos acontecimientos abordados por su pluma se destacan la rebelión egipcia contra un gobierno sometido a las ambiciones británicas (1881); la invasión francesa de Túnez (1881), que dio lugar al establecimiento del protectorado, y la rebelión del Rif contra la ocupación española (1893). Como señala López García (2016, p. 1), Martí vivió «la primavera árabe» de finales del siglo XIX, cuya evolución y desenlace no difieren, en muchos aspectos, de lo acontecido 132 años después en los mismos escenarios. Tampoco pierde vigencia su análisis de entonces, cuyas claves nos permiten comprender también los factores detonantes de las revueltas de 2011.

Martí manifestó su entusiasmo con el triunfo de la revolución del coronel Ahmed Arabi Pacha, que consiguió, aunque solo de manera transitoria, deponer al gobierno títere y plantar resistencia a las ambiciones expansionistas británicas. En su crónica «La revuelta de Egipto. Interesante problema» (La Opinión Nacional, Caracas, 10 de octubre de 1881), la épica con la que envuelve a Arabi es propia de la idealización oriental modernista; sin embargo, su pluma se torna en agudo aguijón al cuestionar la inestabilidad existente en el país, esgrimida por los británicos como pretexto para intervenir, acabar con la rebelión y consolidar el régimen colonial. En su lugar, expone motivaciones económicas de franceses y británicos en torno al canal de Suez y su contradicción con las aspiraciones nacionales de los insurrectos (Martí, 1992, t. XIV, pp. 113-114), argumentos recogidos años más tarde por Said.

Dos meses después (La Opinión Nacional, 16 de diciembre de 1881), el cubano volvió a hacer uso de una serie de imágenes en los que la alteridad entre árabes y europeos vendría dada por sus valores éticos y morales (Martí, 1992, t. XXIII, pp. 116-117). Dos crónicas posteriores incidirán en el imperialismo económico que se escondería detrás de la modernidad (Martí, 1992, t. VIII, p. 442, y t. XXIII, p. 158).

Terminamos este recorrido con Marruecos. En 1893, nuevas obras de fortificación en torno a la plaza de Melilla sobrepasaron el trazado establecido y vulneraron terrenos sagrados donde se encontraba la tumba de Sidi Guariach. Las tribus de Anyera destruyeron lo construido, tal como había sucedido en 1859, y la respuesta se consideró una declaración de guerra contra dichas tribus, iniciándose lo que se ha conocido como primera guerra del Rif (1893-1894).

En «Los moros en España» (Patria, 31 de octubre de 1893), Martí comparaba la lucha de Pelayo en Covadonga con la de los rifeños (Martí, 1992, t. V, p. 334). Y añadía: «Bañar en sangre un pueblo, o deshonrarlo con el vicio, no es justo título para poseer, ni en el Rif ni en Cuba. Allá está la guerra. Sea el triunfo de quien es la justicia. […] «¡Seamos moros! […] ¡Y el Rif, que pelee. Sea cada pueblo de sus amos naturales y de los que le sirvan con utilidad y amor» (Martí, 1992, t. V, p. 334).

El parangón entre el levantamiento rifeño y el cubano, con algo menos de dos años de diferencia, se enmarca también en una dinámica global como consecuencia del imperialismo moderno. No obstante, su posicionamiento en «España en Melilla» (Patria, 28 de noviembre de 1893) vuelve a incurrir en una visión de alteridad, esta vez entre marroquíes y cubanos: «No entraremos en la libertad por la gatera de Melilla. Nuestro aliado no será la casualidad, sino el orden de nuestra preparación, el conocimiento y remedio de los yerros pasados» (Martí, 1992, t. V, p. 336).

Para concluir, como señala Vagni en su análisis de las relaciones culturales entre el mundo árabe y América Latina (2016, pp. 35-54), la formulación del legado andalusí como puente de entendimiento y de cultura compartida se desarrolló ampliamente a principios del siglo XX en el discurso político. Martí fue precursor en enarbolar esta causa. Es cierto que la imagen que transmite reafirmaría la concepción orientalista de un mundo árabe conquistado y oprimido en contraposición a una Europa imperial, como señala Nagy-Zekmi (2008, p. 13), pero el matiz más importante es que Martí logra deconstruir algunos elementos atribuidos a dicha inferioridad, hasta el punto de considerar al árabe como modelo de rebelde revolucionario anticolonialista.

En este orden de ideas, no seguiría las pautas con las que Edward Said (2002) definía el punto de vista occidental como combinación de deseo, por una parte, y desprecio, por la otra, respecto a Oriente. No obstante, la deconstrucción de Martí no estaría exenta de elementos exotizantes con los que se perpetuaban la alteridad y la imagen homogénea del mundo árabe en su conjunto. Seguiría así la máxima con la que Said describe el orientalismo de la época (Said, 2002, p. 339).

Por ello, cabría concluir que Martí ofrece una visión ambivalente en su proceso de deconstrucción de los presupuestos orientalistas, ya que bajo la hermandad de compartir una lucha contra el imperialismo subyace, e incluso prevalece en algunos momentos, una alteridad que se respeta y se admira, pero también se consolida.


Referencias

Azougarh, A. (1998). Martí orientalista. Casa de las Américas, 38 (210), 12-20.

Epalza, M. de (1982). Nota sobre la correspondencia inédita del emir Abdelkáder de Argelia con España, en vísperas de su rendición (1847). Anales de la Universidad de Alicante. Historia Contemporánea, 1, 231-239.

Jardines del Cueto, L. (2016). La problemática orientalista en el modernismo hispanoamericano: José Martí. Contra Relatos desde el Sur, 13, 89-98.

López García, B. (1998). José Martí y el despertar del mundo árabe. Historia 16, 269, 116-124.

López García, B. (2016). José Martí, el orientalismo y las primaveras árabes. Conferencia pronunciada en la Semana Árabe de México. Monterrey: Campus Tecnológico de Monterrey.

Martí, J. (1991). José Martí. Obas completas. Gonzalo de Quesada y Miranda. La Habana:  Centro de Estudios Martianos (CEM) – Karisma Digital Editorial, vols. I-III.

Martí, J. (1992). José Martí. Obas completas (vols. IV-XXVI). Gonzalo de Quesada y Miranda (comp.). La Habana:  CEM – Karisma Digital Editorial.

Nagy-Zekmi, S. (2008). Moros en la costa: orientalismo en Latinoamérica. Madrid: Iberoamericana Editorial.

Rodríguez Drissi, S. (2012). Between Orientalism and Affective Identification: A Paradigm and Four Case Studies Towards the Inclusion of the Moor in Cuban Literary and Cultural Studies. Tesis doctoral. Los Ángeles: Universidad de UCLA. Recuperado de https://escholarship.org/uc/item/5ps5d43t.

Said, E. (2002). Orientalismo. Barcelona: Random House Mondadori.

Vagni, J. J. (2015). Discours, identité et relations interrégionales: la «construction culturelle» du rapprochement entre le monde arabe et l’Amérique latine. Cahiers des Amériques Latines, 80, 67-85.

Velasco de Castro, R. (2013). Objetivos y limitaciones de la política exterior española en Marruecos: la batalla de Tetuán (1859-1860). Revista Historia Autónoma, 2, 93-106.


Rocío Velasco de Castro
Profesor contratado doctor (acreditado a titular)
Universidad de Extremadura
rvelde@unex.es

ZERO IMPRESA EDICIÓN 36
ISSN ELECTRÓNICO: 2344-8431
ISSN IMPRESO: 0123-8779

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