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Tridente, oso y águila: zoología internacional

December 11, 2014

Nuestra comprensión de la crisis en Ucrania es condicionada por el recuento que los medios de comunicación hacen de ella. La visión de un Occidente virtuoso, liberal e incluyente se contrapone a la percepción que tenemos de un Oriente deshonesto, tirano y excluyente. Sin embargo, esta visión maniquea puede y debe revaluarse. A partir de los postulados realistas y constructivistas se propone dar un nuevo sentido a los acontecimientos que todos seguimos desde principios del 2013.

En su edición del 22 de marzo del 2014, The Economist publicó una portada en la que Vladimir Putin, con el torso desnudo, aparece mostrando el cinturón negro de judo, montado encima de un tanque y con el siguiente titular: «El nuevo orden mundial». El mensaje: después de décadas de buenas relaciones entre Estados Unidos y Rusia, por culpa del presidente ruso, la realpolitik ha retomado su lugar.

Esta interpretación de la situación es la que más sorprende cuando observamos la situación desde la periferia. En el escenario internacional, podemos identificar una serie de actores relevantes en la crisis ucraniana. El protagonista más relevante que nos viene a la mente es, obviamente, el Estado ucraniano (el tridente). Después, se destacan dos actores de reparto: Rusia (el oso) y Estados Unidos (el águila). Finalmente, en un segundo plano se pueden ubicar la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Unión Europea (UE), China y el arco de crisis en el Medio Oriente.

Con todo, esta visión no nos permite entender lo que está en juego en las relaciones entre estados. La visión occidental, amplificada y nutrida por los medios de comunicación a los cuales tenemos acceso, nos lleva a pensar que Rusia, por haber invadido de manera ilegal el territorio de Crimea, está en una posición jurídicamente condenable.

Esta argumentación teórica liberal institucionalista, defendida por autores como Volker Rittberger (1997) o Peter Mayer (2001), tiene algún soporte empírico. En efecto, Rusia reconoció el Estado ucraniano, así como su derecho a la existencia e integridad territorial en 1991. Miembro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Ucrania puede esperar legítimamente que la institución reconozca la agresión de la cual fue víctima y que el Consejo de Seguridad expida la resolución que le permita reclamar el territorio perdido.

Siguiendo esta línea argumentativa –clara en el artículo de Miguel Martínez–, la parálisis de la ONU sobre ese asunto se debería entender como un disfuncionamiento. Desde hace varias décadas y en varias crisis, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha logrado establecer un terreno común de entendimiento entre los estados, así sea en los casos de mayor discrepancia (Irak, 2003), pero en la crisis ucraniana no lo ha conseguido.

Desde finales de los años noventa, un militar, académico y teórico de las relaciones internacionales, el estadounidense John Mearsheimer (2001), ha advertido a sus colegas y compatriotas del peligro inminente que representaría para su país el hecho de despreciar o malinterpretar las acciones de los principales contrincantes de Estados Unidos. Últimamente, Mearsheimer ha dedicado buena parte de su tiempo a analizar y criticar la reorientación estratégica de Estados Unidos, que consiste en asegurarse un acceso a los recursos de Eurasia y al control de China.

La argumentación neorrealista de Mearsheimer nos permite desarrollar una explicación simple y eficaz sobre la crisis en Ucrania. Al retirarse de sus terrenos de acción históricos –América Latina y Europa–, Estados Unidos no sólo deja la posibilidad a potencias emergentes de perturbar el orden construido sino que lo lleva a desgastarse inmoderadamente.

Para Mearsheimer, es esencial que el cambio estratégico no se haga de manera unilateral y repentina, sino más bien por medio de alianzas constituidas con cautela para disminuir así el costo de la estrategia de contención de sus rivales (Rusia, sobre todo). De lo contrario, el militar argumenta que Estados Unidos estará siempre en una situación en la cual los costos de una intervención directa serían demasiado altos para permitir que se realice, exactamente lo que está pasando en este momento.

El principal obstáculo para que esta táctica de alianzas resulte eficaz es que Eurasia es dominada por un hegemón, Rusia, que hace todo lo posible para mantener su región libre de interferencias exteriores. De la misma manera en que Mearsheimer justifica la voluntad de Estados Unidos de ampliar su esfera de influencia más allá de sus terrenos históricos, plantea la necesidad para los hegemones regionales –como Rusia– de repeler los intentos de penetración de grandes potencias extrarregionales, como Estados Unidos.

Desde principios de la década de los dos mil, la política estadounidense ha sido particularmente proactiva en Eurasia. El atentado contra las torres del World Trade Center de Nueva York fue la justificación inicial de represalias que se transformaron con rapidez en una agenda de modificación profunda del balance de poder en dicha región. Al instalarse en Afganistán e Irak y construir bases en la región, Estados Unidos desarrolló una política típicamente realista. El control territorial, la acumulación de recursos de poder y la consecución de aliados han sido tres de las manifestaciones más relevantes del periodo 2001-2012. Así, cuando The Economist publicó la foto de Putin en su portada, lo único que parecía fuera de lugar era la palabra «nuevo». Como los realistas lo enuncian, ningún cambio significativo es posible en la política internacional. A las fieras, a diferencia de lo que afirmaba Woodrow Wilson en 1919, no se las puede encerrar en un zoológico.

Sin embargo, para que el análisis sea un poco más completo, esta explicación realista de la crisis ucraniana se tiene que complementar con una interpretación constructivista. Tal como lo hizo Miguel Martínez González para la Unión Europea, dar espacio al análisis del proceso de definición de las identidades de los estados es interesante.

Según Alexander Wendt (1999), los estados se comportan en función de sus intereses, pero estos intereses –en lugar de definirlos en materia de poder, territorio o recursos– lo hacen mediante su identidad. La identidad de los estados no es innata sino adquirida, construida a través de un largo proceso de interacción con los demás.

Como puede apreciarse en los artículos de Rafael Piñeros Ayala y Patricia Herrera Kit, el Estado ucraniano ha tratado de distanciarse de su vecino del este desde su independencia. No obstante, su experiencia ha sido particularmente traumática. No sólo el Estado ruso ha logrado limitar en forma sustancial el alcance de la política de distanciamiento ucraniana, sino que Estados Unidos y sus aliados no le han demostrado un apoyo indefectible.

Así mismo, la identidad ucraniana no ha logrado conformarse sin interferencias rusas. Aunque dicha identidad no sea la misma que la identidad rusa, tampoco es lo suficientemente distinta para permitir que se establezca una línea política desconectada de Rusia. En esta situación –y siguiendo la propuesta de Wendt– es normal que la política del Estado ucraniano únicamente la defina de manera continuada el mandatario de turno. De hecho, desde el 2004 y la revolución naranja, el tridente ha oscilado entre el oso y el águila.

Al momento de interpretar el comportamiento del Estado ruso, dos elementos son de particular relevancia: el fin de la URSS y el nacionalismo ruso, y las intervenciones militares estadounidenses.

En un artículo particularmente interesante, Mark Galeotti argumenta que el exmiembro de la KGB, Vladimir Putin, ha sido marcado por la pérdida del «imperio soviético» y la idea del excepcionalismo civil ruso (2014). Y es cierto, el nacionalismo es el principal idioma del mundo político ruso (Laruelle, 2010). Lo sugestivo para nuestro análisis constructivista es que el discurso político del nacionalismo ruso se ha transformado de un discurso negativo y extremista en un discurso positivo y constructivo alrededor del tema de la potencia, y eso después de la creación del partido Rusia Unida. En una sociedad dividida por las múltiples crisis que ha enfrentado desde 1991, el nacionalismo permitió establecer un doble consenso entre el conjunto de los ciudadanos y entre las masas y la elite. Como lo mostró Vladimir Rouvinski, para el oso, la idea de patria, potente e invencible, permite establecer una política extranjera inflexible de resistencia.

El hecho es que esta identidad rusa ha sido víctima de varios ataques en los últimos veinticinco años. Sin contar el derrumbe de la URSS, queda en claro que la expansión de la OTAN en el este de Europa y la creciente influencia de la República Popular China han transformado la superpotencia en un actor desesperado por defender su herencia.

Así, la Rusia de Putin es de múltiples paradojas: se siente europea pero no occidental, se proclama defensora de los blancos en contra del «peligro amarillo» pero también multiétnica, se denomina defensora de la religión ortodoxa en contra del extremismo musulmán pero también secular. Para retomar las palabras de Pavel Pojigailo (excoronel de la inteligencia militar): «La situación actual en Rusia es muy favorable a la guerra porque hay una amplia gama de problemas internos que convendría transformar en espíritu de cohesión nacional» (Le Monde, 2014).

En la crisis ucraniana, los lineamientos de la política extranjera estadounidense se pueden explicar por la compulsión controladora de sus gobiernos. Después de la caída del muro de Berlín, en el Estado americano triunfante, la certidumbre de haber ganado la última guerra de la historia (Fukuyama, 1992) llevó a los mandatarios a preferir el camino intervencionista. Sin embargo, el afán intervencionista de los años noventa no puede ocultar el hecho que el pueblo y los dirigentes estadounidenses siempre se debatieron entre dos tendencias históricas: aislacionismo e intervencionismo.

Desde los orígenes de Estados Unidos, el movimiento aislacionista ha sido fuerte y, muchas veces, mayoritario. La voluntad del pueblo de vivir de manera separada de los tumultos del planeta se expresó con fuerza durante todo el siglo XIX. En cambio, a partir de la primera guerra mundial, el intervencionismo ganó en potencia y, para finales de la segunda guerra mundial, el Estado norteamericano había adquirido una identidad intervencionista.

En la década de los noventa, la ausencia de un contrincante creíble produjo incertidumbre en cuanto a la opción de escoger entre aislacionismo (1993-2001) e intervencionismo (1990-1993 y 2001-2012). En la actualidad, la indecisión está en su punto máximo. Resignado a intervenir en Irak en contra del Estado Islámico y atormentado por intervenir en Siria, el gobierno de Barack Obama no se ha podido decidir a intervenir en la crisis ucraniana. Para el águila, la ilusión de control lo tienta a caer en picada sobre los problemas que observa, pero al mismo tiempo se atemoriza frente a la idea de mostrarse vulnerable frente a los ataques del oso.

Que las fieras de la selva internacional actúen por cálculo o porque son lo que la jungla hizo de ellas es una cosa; en el caso ucraniano, queda en claro que los rugidos seguirán escuchándose en la llanura del este europeo.


 

Referencias

Galeotti, M. (2014). Putin’s empire of the mind. Foreign Affairs. Recuperado de http://www.foreignpolicy.com/articles/2014/04/21/putin_s_empire_of_the_mind_russia_geopolitics.

Hasenclever, A., Mayer, P. & Rittberger, V. (1997). Theories of international regimes. Cambridge: Cambridge University Press.

Hasenclever, A., Mayer, P. & Rittberger, V. (2000). Integrating theories of international regimes. Review of International Studies, 26(1), 3-33.

Jégo, M. (2014). La Crimée ravive la ferveur nationaliste en Russie. Le Monde. Recuperado de http://www.lemonde.fr/international/article/2014/03/17/la-crimee-ravive-la-ferveur-nationaliste-en-russie_4384205_3210.html.

Laruelle, M. (2010). Le Nouveau Nationalisme russe. Des repères pour comprendre. París: L’œuvre Éditions.

Mearsheimer, J.J. (2001). The tragedy of great power politics. Nueva York: W.W. Norton.

Rittberger, V. (2001). Global governance and the United Nations system. Tokio, Nueva York, París: United Nations University Press.

Wendt, A. (1999). Social theory of international politics. Cambridge: Cambridge University Press.


Florent Frasson-Quenoz
Ph.D. en Seguridad Internacional y en Estudios Políticos
Miembro del Observatorio de Análisis de los Sistemas Internacionales
CIPE
florent.frasson@uexternado.edu.co

Revista Zero Impresa Edición 33
Primer semestre de 2014
ISSN electrónico: 2344-8431
ISSN impreso: 2344-8431

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