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Ultimátum
20 de marzo de 2018

El papel de los medios en la construcción de la paz

Sesenta años de guerra han minado a la sociedad colombiana no solo desde la perspectiva de las pérdidas humanas y materiales, sino también desde lo simbólico. El comienzo de un nuevo proceso en el país necesita con urgencia unos medios de comunicación que empiecen a hablar con un lenguaje distinto.

Para el analista de la comunicación Verón (1983), «los acontecimientos sociales no son objetos que se encuentran en alguna parte de la realidad y cuyas propiedades nos son dadas a conocer de inmediato por los medios con mayor o menor fidelidad. Solo existen en la medida en que esos medios los elaboran».

Según Van Dijk (1999), las noticias son producciones discursivas de gran relevancia y es necesario ahondar en sus contenidos y repercusiones, ya que la mayor parte de nuestro conocimiento social y político, así como nuestras creencias sobre el mundo, emanan de las decenas de informaciones que leemos o escuchamos a diario. Es muy probable que no exista ninguna otra práctica discursiva, aparte de la conversación cotidiana, que se practique con tanta frecuencia y por tanta gente como el seguimiento de las noticias en prensa y televisión.

En sus reflexiones, tanto Verón como Van Dijk nos recuerdan la importancia que pueden tener los medios en nuestro conocimiento de la sociedad y de los hechos de interés público; a esto se suma que cuanto menor bagaje intelectual tiene un sujeto menos posibilidad tiene de confrontar las informaciones que recibe de los medios de comunicación, por lo que la información mediática alcanza aún más protagonismo. De lo anterior podemos deducir que medios y redes se constituyen en actores fundamentales en el desarrollo de procesos políticos y sociales, porque son instituciones con poder y credibilidad en las que se deposita la responsabilidad de interpretar la realidad y presentarla a todos aquellos que no tienen la posibilidad de acceder directamente a ella.

En casi 60 años de historia, los medios de comunicación colombianos tuvieron como una de sus principales misiones el cubrimiento de acciones violentas contra la población civil, disputas territoriales, enfrentamientos entre grupos armados, tomas de municipios y reportes de ciudadanos desplazados de sus predios. Cientos de titulares, entrevistas, reportajes e informes especiales se constituyeron en un universo de representaciones simbólicas consumido a diario por los ciudadanos colombianos. De este modo, los mensajes de los medios se convirtieron en aparatos de producción de sentido que permitieron durante seis décadas caracterizar a amigos y enemigos y otorgarles atribuciones tanto a ellos como a sus acciones.

Bonilla y Tamayo (2006) afirman que el conflicto en Colombia ha tenido unos regímenes de visibilidad mediática que han cambiado a lo largo del tiempo:

  • En primer lugar, se da la fascinación por la guerrilla del Movimiento 19 de Abril (M-19), gracias a las estrategias publicitarias de su campaña de lanzamiento y al discurso seductor de sus miembros en los años ochenta.
  • En segundo término, el énfasis se pone en el lado cruel de la guerrilla, mientras se percibe fascinación por personajes antagonistas como Carlos Castaño en el año 2000.
  • En tercera instancia, la opción es la espectacularidad en la presentación de delitos y actos de guerra que se convierten en acciones casi cinematográficas a finales de la década de los dos mil.
  • Finalmente, se impone el protagonismo de las víctimas en 2006.

De la mano de esta propuesta analítica, la pregunta que nos surge es: ¿cuáles serían los regímenes de visibilidad mediática que se han asentado frente al conflicto en los últimos años?

Para responder a esta pregunta requerimos entender los cambios trascendentales que se han presentado en estos tiempos. El más significativo, sin duda, es la explosión de las redes sociales. Según cifras proporcionadas por el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC) en la «Primera Gran Encuesta TIC» presentada en agosto de 2017[1], Colombia ocupa el lugar número 14 a escala mundial en usuarios de Facebook con más de 15 millones y Bogotá es la novena ciudad del mundo con cerca de 6,5 millones. En el caso de Twitter, se calcula que cerca de 6 millones utilizan el servicio, algunos tan solo para informarse y otros para exponer sus ideas. De igual manera, el 64 % de los hogares tiene acceso a internet, cifra que por primera vez supera la suscripción a telefonía fija en todas las regiones. Además, el 72 % de los hogares tiene acceso a un teléfono inteligente, por lo menos. Lo anterior resulta importante porque representa que, en la última década, los medios que ostentaban el monopolio de la información para los ciudadanos han entrado en una relación conflictiva con las redes; dicha relación involucra, por una parte, una feroz disputa por la audiencia, y por otra, una cercanía estratégica que contribuye a que puedan reinventarse. Así las cosas, los regímenes de visibilidad mediática no tendrían que pensarse tan solo desde los medios, sino también desde las redes sociales.

Cinco años atrás, cuando se dio a conocer el inicio del proceso de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el gobierno de Santos Calderón (2010-2014), los medios iniciaban otro ciclo más de los tantos ya vividos. Con el anuncio de un nuevo intento, esta vez en Oslo, medios y periodistas veteranos en conflictos estaban prestos nuevamente a viajar para entrevistar a las partes como tantas veces lo habían hecho. Partían con pocas expectativas y con un gran acumulado de experiencia en el tema, pero más que eso, partían confiando en su método estudiado, aprendido, aplicado y comprobado para abordar la información y presentarla desde unos marcos de interpretación rígidos y alimentados a partir de prejuicios y polarizaciones.

Por otro lado, están las redes sociales con sus múltiples formatos, memes, tuits, GIF, minivideos y cadenas de wasap, que también empezaban a hacer lo propio. Los diálogos avanzaban y la información se expandía por caminos sorprendentes, pero más que la información, era la desinformación la que empezaba a ganar lugar. ¿Podemos decir, entonces, que la desinformación se convirtió en el régimen de visibilidad mediática en tiempos de este nuevo proceso de paz? ¿Que los medios continuaron usando como pautas de cubrimiento del conflicto sus estrictos e inamovibles marcos sin tener en cuenta que entramos en una etapa distinta?

En la última etapa del proceso de paz, a finales de julio de 2016 el presidente Santos Calderón anunció la convocatoria para un referendo que ratificaría lo acordado en La Habana. A partir de este anuncio, medios y redes establecieron como prioridad el cubrimiento de las campañas a favor de aprobar o no aprobar el proceso. Entre tanto, los analistas vieron en este momento una oportunidad de oro para dilucidar cuál podría ser el papel de los medios y las redes a lo largo de este trascendental proceso político y durante su implementación. Y no se equivocaron, pues el resultado del plebiscito demostró no solo la posición de los colombianos frente al proceso, sino el papel trascendental que desempeñó la información de medios y redes —y, por qué no, la desinformación— en la toma de decisiones.

Los cuestionamientos iniciales de los defensores del sí apuntaron a cuestionar las estrategias del gobierno para llevar a los colombianos a las urnas a defender el proceso. El texto del acuerdo se tildó de engorroso y complejo; también se habló de la inoperancia de una campaña que, antes de apuntar a la emocionalidad, apuntó a la racionalidad sin tomar en cuenta la naturaleza propia del pueblo colombiano.

Posteriormente, vino el cuestionamiento al papel de los medios, en particular porque muchos de ellos fueron incapaces de mover sus marcos y siguieron aferrados a sus lógicas atávicas frente al conflicto. Otros, arguyendo el supuesto principio de neutralidad, asumieron el proceso como una campaña política cualquiera y se negaron a entender la paz como un propósito nacional.

Finalmente, las redes fueron las que tuvieron resultados más sorprendentes. Cadenas con información falsa que hicieron las veces de voz a voz entre familias y vecinos «confiables» desempeñaron un papel determinante en la decisión de muchos ciudadanos.

 

Cambiando el chip

La lección que nos dejó este proceso desde la óptica de los medios apunta a mirar hacia el futuro. El proceso de paz no terminó con la crisis de un resultado inesperado en las urnas ni con una firma. Eso es solo el principio de un larguísimo camino lleno de obstáculos, ¿qué podemos esperar, entonces, de las redes y los medios?

Inicialmente, podríamos esperar que medios y redes abandonen de una vez la polarización entre buenos y malos y empiecen a evaluar la posibilidad de que existan otros matices. Del mismo modo, es tiempo de que periodistas y líderes de opinión en redes por fin exploren las causas y las consecuencias profundas de un conflicto tan largo y enfrenten los retos que implica un nuevo escenario. Esto significa formarse en nuevos temas y nuevas realidades y, de este modo, poder brindar información con contexto.

Es necesario también publicar más historias de paz y dejar de lado la idea de que la paz «no vende». En este punto, los medios en particular podrían aprovechar la oportunidad histórica para llegar a las regiones a donde hasta ahora no habían llegado. Regiones llenas de historias, de seres humanos que tienen mucho para contar.

Finalmente, medios y redes deben asumir el compromiso moral de luchar contra la desinformación. Tal como las viejas escuelas de periodismo lo promueven, verificar la información es, quizá, la obligación más importante de quien tiene como oficio informar. Solo así podremos contar con unos medios constructores de paz y soportes fundamentales en el camino hacia la reconciliación.


Referencias

Bonilla Vélez, J. I. & Tamayo Gómez, C. A. (2006). Medios de comunicación y violencias en América Latina: preocupaciones, rutas y sentidos. Revista Controversia, 187, 136-171.

MinTic (2017). Primera Gran Encuesta TIC. Estudio de acceso, uso y retos de las TIC en Colombia. Recuperado de http://colombiatic.mintic.gov.co/602/w3-article-57508.html.

Van Dijk, T. (1999). El análisis crítico del discurso. Anthropos, 186, 23-36. Recuperado de http://www.discursos.org/oldarticles/El%20an%E1lisis%20cr%EDtico%20del%20discurso.pdf.

Verón, E. (1983). Construir el acontecimiento. Los medios de comunicación masiva y el accidente en la central nuclear de Three Mile Island. Buenos Aires: Gedisa.

[1] La Primera Gran Encuesta TIC tuvo una cobertura nacional en 96 municipios, y se aplicó a 8.300 ciudadanos (1.204 en zonas rurales) y 3.000 empresas. Esta representa al 100 % de los colombianos entre 16 y 70 años.


Victoria E. González M.
Comunicadora social-periodista
Ph. D. en ciencias sociales
Especialista en Comunicación-Educación
Docente investigadora de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo
victoria.gonzalez@uexternado.edu.co

Zero Impresa Edición 35
ISSN electrónico: 2344-8431
ISSN impreso: 0123-8779

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