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¿Para qué el capitalismo?

April 16, 2015

Las recientes crisis de la economía global, con los altos niveles de desempleo y bajos niveles de crecimiento económico que les son connaturales, han causado protestas sociales a lo largo y ancho del globo. Los desempleados, las capas más pobres de la población y la cada vez más exangüe clase media demandan un cambio en la forma como funciona el capitalismo. La academia está empezando a ofrecer algunas respuestas a estas demandas.

El modo de producción capitalista, entendido en general como uno en el que la propiedad de los bienes de capital es privada, el trabajo es pagado y la producción se hace para vender a un precio superior al costo de producción en un mercado más o menos libre[1], ha estado en el centro de un debate que atraviesa todas las esferas (la política, la económica y la social) y que se aborda desde las más diversas disciplinas. Las críticas se centran sobre todo en los efectos nocivos que esta forma de organizar la economía (y en consecuencia la sociedad) trae sobre el bienestar general: palabras como desigualdad, desempleo, pobreza, explotación, injusticia y crisis inundan el debate.

El presente artículo no tiene por objeto hacer leña del árbol caído y continuar con las críticas al sistema capitalista. Desde un punto de vista pragmático, el modo de producción capitalista está integrado en la forma de organización social, y cambiarlo requerirá mucho más que debates políticos o manifestaciones dispersas en las calles[2]. No pretendo tampoco hacer aquí un análisis exhaustivo de la economía del desarrollo con el fin de explicar y proponer modelos de desarrollo para los países que no se beneficiaron directamente de la primera y la segunda revolución industrial. Así las cosas, tras una descripción histórica de elementos claves en la evolución del capitalismo como sistema, quiero retomar la pregunta ¿para qué el capitalismo?, con el propósito de sugerir nuevos derroteros de estudio y de implementación de políticas.Del pesimismo de la pausa de Engels a la productividad total de los factores

En 1845, en su libro titulado The condition of the working class in England, Frederick Engels resaltó que el crecimiento en la producción industrial no se había reflejado en un aumento en el ingreso real de los trabajadores. Argüía, como más tarde lo harían Marx y gran parte de la heterodoxia económica, que el capitalismo funcionaba a partir de una expropiación del trabajador asalariado, desposeído de los medios de producción, en favor del capitalista, que a través de ésta lograba llevar a cabo un proceso de acumulación de capital. Esta pausa descrita por Engels en el ritmo de crecimiento del salario real fue la piedra angular de las primeras críticas al capitalismo como promotor de la desigualdad que sólo podría culminar en la revolución social.

De hecho, los datos históricos aportados por Allen comprueban que mientras que el producto por trabajador aumentó desde 1760 hasta 1840, los salarios reales se mantuvieron estables. Esto generó un ambiente de pesimismo entre los pensadores económicos, quienes decían que se llegaría a un inevitable estado estacionario en el que no se podría explotar más a los trabajadores, el rendimiento del capital tendería a cero y, por lo tanto, la economía dejaría de crecer.

Sin embargo, a partir de la década de los cuarenta del siglo XIX la historia comenzó a cambiar y los salarios reales de los trabajadores, tanto en Europa como en Estados Unidos, empezaron a aumentar al mismo ritmo del crecimiento del producto, lo que condujo a una mejoría general en la calidad de vida. El motivo para este cambio en la tendencia fue un aumento sustancial en la productividad total de los factores. Esta es, precisamente, la explicación económica de la revolución industrial del siglo XIX. La pausa de Engels, como la explicarán posteriormente los historiadores económicos, fue un periodo en el que los dueños del capital reinvertían sus utilidades para alcanzar un mayor desarrollo técnico y una mayor escala de producción, y condujo a crecimientos del producto per cápita que no se equiparaban con los de ningún otro momento en la historia. Esto, sin embargo, no nos da ninguna información acerca de los efectos que pudo haber tenido en la desigualdad entre la clase capitalista y la clase trabajadora.

Del capitalismo industrial al capitalismo financiero

El proceso de la revolución industrial requirió una revolución financiera que permitiera el libre flujo de capitales y la acumulación de éstos (Levine, 2004, pp. 17-18). De hecho, la evolución del sistema financiero británico, mucho más enfocado en el mercado público de valores, o la del alemán, mucho más centrado en bancos comerciales, se explican en gran medida por el espíritu industrioso de la época, en la que comenzaron a surgir empresas industriales de todo tipo y en la que los estados empezaron a financiar grandes obras de ingeniería. La banca y los mercados de la época se encargaban de dirigir a estas industrias innovadoras el ahorro del público, ya fuera a través de créditos a largo plazo o de la emisión de acciones.

El periodo comprendido entre 1760 y 1945[3], la época del capitalismo industrial, entendido como aquella forma de capitalismo en la cual las ganancias del capital se obtienen mayoritariamente mediante el proceso de fabricación y comercialización de manufacturas, se caracterizó por un importante desarrollo en las economías industrializadas de Occidente, incluso a pesar de las dos guerras mundiales y la gran depresión de Estados Unidos.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial y la instauración de los acuerdos monetarios de Bretton Woods, el capitalismo financiero, en el que el rendimiento del capital se obtiene directamente en los mercados financieros sin que haya de por medio un proceso productivo inmediato, tuvo un auge que llega hasta nuestros días[4]. La industria financiera profundizó su alcance de forma magnífica en escenarios de tipos de cambio estables, garantizados por la credibilidad de Estados Unidos como líder del patrón oro, y por los esquemas regulatorios que, después del periodo comprendido entre 1929 y 1933, dotaban al sistema financiero de estabilidad en las reglas del juego. Ya para la década de los setenta del siglo pasado, con la estrepitosa caída de Bretton Woods, los choques petroleros de 1973 y la mayor volatilidad de los mercados internacionales, la industria financiera se vio obligada a desarrollar innovaciones que permitieran mitigar los nuevos riesgos que aparecían en la economía.

Durante los últimos cuarenta y cinco años se ha visto un incremento sin precedentes en la cantidad de productos financieros disponibles, así como en los volúmenes negociados en cada uno de ellos. Este notable desarrollo de la industria financiera, acompañado por tecnologías de información cada vez más sofisticadas, ha traído consigo un aumento en la volatilidad de los mercados y una mayor frecuencia y profundidad en las crisis sistemáticas. Enfrentamos en esta época de capitalismo financiero, con mayor frecuencia que nunca antes, un escenario en el que el valor de los activos financieros que se negocian puede desvincularse, por fenómenos de irracionalidad, de los valores de los activos de la economía real. Cuando esto sucede, nos encontramos ante burbujas especulativas.

Las finanzas y el desarrollo económico

Ya desde finales del siglo XIX autores como Bagehot, Schumpeter y, posteriormente, McKinnon establecieron que hay una relación inexorable entre el desarrollo financiero y el desarrollo económico, entendido este último como el crecimiento del PIB y del PIB per cápita. De hecho, una excelente revisión de bibliografía hecha por Levine (2005) compendia más de cien estudios que buscan explicar la relación entre desarrollo financiero y económico, establecer causalidades y explicar los efectos para diferentes industrias.

Los estudios mencionados permiten concluir que las pruebas de vínculos entre desarrollo económico y financiero son incontrovertibles y que parece haber un proceso de retroalimentación en el que un mayor desarrollo financiero eleva la tasa de ahorro, lo que conduce a mayores inversiones en capital que redundan en mayor crecimiento económico e ingreso, lo que a su vez eleva los saldos de capital y de ahorro en una economía. Este círculo virtuoso aparece independientemente de si el sistema financiero presenta predominio de bancos (crédito) o de mercados de capitales (títulos participativos). Así mismo, los estudios indican que los países con sistemas financieros más desarrollados logran mayores niveles de crecimiento económico.

Las críticas de las métricas capitalistas: ¿cómo se mide el éxito?

Los estudios analizados por Levine, sin embargo, tienen una perspectiva bastante miope del crecimiento económico como crecimiento del PIB y del PIB per cápita, pues no toman en cuenta que ese crecimiento no tiene por qué implicar mayor igualdad entre los agentes de la economía; así, puede haber procesos de mayor concentración de la riqueza en manos de unos pocos a raíz de este mayor desarrollo financiero. Además, no se preguntan en ningún momento por el efecto que pueden tener la innovación financiera y la profundización del mercado de capitales en el riesgo sistémico que afronta una economía o incluso el mercado global.

Por otra parte, la herencia de la revolución marginalista de finales del siglo XIX y su conclusión lógica en la economía neoclásica nos ha llevado a creer que la economía es un sistema cerrado que busca el equilibrio. Hemos olvidado algo que ya Adam Smith reconocía en la teoría de los sentimientos morales: el ser humano no se puede simplificar hasta el extremo de decir que es una máquina racional que hace cálculos de utilidad para elegir entre canastas de bienes. Ese énfasis excesivo en los modelos de equilibrio nos ha llevado a creer que la economía, como los movimientos planetarios, obedece a un conjunto de leyes universales inviolables y que si las descubrimos podremos resolver el problema del crecimiento económico. En ese marco de pensamiento se ha construido la idea de que el capitalismo financiero, con mercados libres y estados pequeños, generará desarrollo económico, pues asignará el capital a su uso más eficiente en cualquier proyecto del globo.

Recientemente, en un excelente trabajo de McKinsey (Beinhocker & Hanauer, 2014) se destaca que las métricas con las que se mide el éxito del capitalismo son sesgadas, pues definen la prosperidad como una cifra agregada para toda la economía. En ningún momento se preocupan por la calidad de vida de la población en general ni por el acceso que tienen las capas más pobres de ésta a los beneficios de los que disfrutan las capas más altas en materia de salud, educación y alimentación.

El problema antes planteado lo resuelven algunos teóricos de un plumazo al decir que el capitalismo, para funcionar, requiere cierto grado de desigualdad. Indican que el crecimiento agregado de la economía se difunde a toda la población; simplemente beneficia más a unos que a otros. Si bien el uso de la palabra «cierto» implica que la desigualdad debe monitorearse para que no se vuelva excesiva, la afirmación por sí sola perturba, especialmente si quien lee este artículo está en el 20 % más pobre y no en el 20 % más rico de la población de un país.

Si bien aún no hay un consenso ni académico ni político acerca de si la desigualdad es o no un requisito sine qua non del capitalismo, es indispensable preguntarnos qué debemos hacer para volver a poner al ser humano en el centro de la economía, cómo recuperar el interés a corto plazo y no creer que a largo plazo se recuperará lo que se perdió en la crisis, cómo atender a las personas que sufren los efectos de las crisis y de la desigualdad en su vida diaria para que los beneficios del capital irriguen a toda la sociedad. De lo contrario corremos el riesgo de seguir congratulándonos o preocupándonos por simples estadísticas que producen los organismos nacionales e internacionales y que nada nos dicen sobre la realidad que se vive en las calles.


 

Referencias

Allen, R. C. (2007). Engel’s pause: A pessimist´s guide to the British Industrial Revolution. Oxford: Nuffield College. Recuperado de http://federation.ens.fr/ydepot/actua/JOURNE/2007_05_25/ALL07ENG.pdf

Beck, T. (2012). Finance and growth – lessons from the literature and the recent crisis. Recuperado de http://www.lse.ac.uk/researchAndExpertise/units/growthCommission/documents/pdf/contributions/lseGC_beck_Finance.pdf

Beinhocker, E. & Hanauer, N. (septiembre de 2014). Redefining capitalism. Recuperado de http://www.mckinsey.com/insights/corporate_social_responsibility/redefining_capitalism

Engels, F. (1987 [1845]). The condition of the working class in England. Reino Unido: Penguin UK.

Levine, R. (2004). Finance and growth: Theory and evidence (NBER Working Paper N.o 10766). Cambridge, Massachusetts: National Bureau of Economic Research. Recuperado de www.nber.org: http://www.nber.org/papers/w10766

Shiller, R. J. (2012). Finance and the good society. Princeton: Princeton University Press.


 

[1] Hay diversas formas de organización capitalista. En este artículo, sin embargo se trabajará únicamente con dos categorías de análisis diferentes: el capitalismo industrial y el capitalismo financiero.

[2] Los experimentos de formas de organización económica diferentes (Rusia, China, Cuba e incluso Venezuela) han fracasado en mayor o menor medida. Rusia y China llevan más de dos décadas abriéndose a la economía de mercado. Cuba y Venezuela, aunque renuentes a adoptar el sistema, no pueden mostrar resultados contundentes que hagan pensar en la viabilidad del socialismo del siglo XXI.

[3] Estas fechas son ad hoc, pero buscan enmarcar desde el principio de la revolución industrial británica hasta los acuerdos de Bretton Woods.

[4] Mientras que el principal actor del capitalismo industrial era el empresario, el capitalismo financiero vio el auge de un actor que a partir de entonces ganó relevancia al explotar los rendimientos disponibles en el sistema financiero: el especulador.


Germán Forero Laverde
germanf.forero@uexternado.edu.co
Becario de la Universidad Externado de Colombia
Estudiante de doctorado en Historia Económica
Universitat de Barcelona

Revista Zero Impresa Edición 33
ISSN electrónico: 2344-8431
ISSN impreso: 2344-8431

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